Sharanagati

Collected words from talks of Swami Tirtha




vamshi-vat

Para la gente occidental resulta más difícil expresar sus emociones. ¿Os cuento dos historias que lo comprueban? ¿Dónde han ocurrido las historias? ¡A vosotros de adivinarlo!

Respuesta: ¿En Hungría?

Swami Tirtha: ¡¿Lágrimas en Hungría?! ¡Qué va! No hay modo, con tal que el equipo nacional de football haya perdido la partida. ¿No hay otros probando a adivinarlo? Vamos, que no es tan difícil.

Comentario: ¿En India?

Swami Tirtha: ¡Sí! Por lo tanto, no ha ocurrido en India, puesto que ha ocurrido en

Vrindavan. Vrindavan no es India. Y Jaya se lo sabe. Jaya dice: “Me gusta vivir en Vrindavan, me gusta vivir en Sofía, pero no me gusta vivir en India.” Es lo que comprueba que Vrindavan no es India. No se trata de localización física, sino de algo diferente.

Una vez hemos visitado el templo de Sanatan Gosvami – ya lo recordáis, el templo con las escaleras por las que hemos tenido que subir. En realidad es un templo medio abandonado y sólo unos pocos visitantes van allí de rutina. Sin embargo aquel día estaba funcionando. Un joven Bengali realizaba el arati y estaba solo en el templo. Nosotros estábamos mirando por atrás cómo realizaba el servicio. Ya sabéis cómo se hace esto: quemando el incienso, ofrendando lámpara a manteca ghi – y mientras hacía todo ello, estaba llorando. Estaba haciendo su puja con lágrimas en los ojos. Estábamos allí pensando: “¡El chico está realizando una real ofrenda!” ¿Cuántas veces habéis realizado ya vuestras pujas y aratis? Ni voy a plantear segunda cuestión.

Hubo otra ocasión más…oh, ¡era algo único! El año pasado, luego de haber llegado con el grupo a Vrindavan, ya sabéis cómo ocurre cuando se sienta el deseo de visitar unos sitios y se perciba cómo estos sitos os están invitando a hacerlo, ya os precipitaréis corriendo allí. Es parecido a lo que ocurre en el templo de Radha-Govindaji en Jaipur. Hemos llegado allí a eso de las cinco menos diez de la mañana, justo antes del arati, ya se podía adivinar – cuanto más nos acercábamos al templo, tanto más rápido acudía corriendo la gente. Se está manifestando un poder mágico que va aspirando a la gente que se vaya acercando al templo. .

Del mismo modo, luego de haber llegado, también he sentido el poder de una fuerza magnética y enseguida he preguntado a unos devotos bhakta: “¿Queréis venir conmigo?” Y, ¿qué es lo que me han respondido? “¡Sí!” Nos hemos escapado casi serpenteando del ashram de Sadhu Maharaja. Claro, para algunos de nosotros ésta ha sido la primera experiencia en Vrindavan. Ya sabéis cómo es: callejuelas por arriba y por abajo, esquinas por aquí y por allá, por doquiera templos y devotos bhakta, vacas. En primer lugar fuimos a visitar a Gopeshvara Mahadev. Fue muy exótico – por doquiera estaban colgando campanas y debajo de las plantas de los pies se sentí humedad, todo el suelo estaba mojado puesto que la gente venía trayendo agua para bañar a Shiva. Huele a quemado incienso con hierbas fragantes, unos ancianos babas están sentados afuera y unas señoras ancianas están trenzando guirnaldas. Todo ello resulta muy exótico y particularmente lo es a la primera vista, uno literalmente pierde la cabeza.

Entonces hemos doblado la esquina para ir al árbol Vamshi-vata. ¿Qué es el árbol Vamshi-vata? Es el sitio en el que Krishna estaba tocando Su flauta para invitar a los jivas a participar en Su danza. Hemos entrado pues – ya sabéis – es un patio muy hermoso, con altares en sus equinas y también en su centro. Estábamos paseando alrededor, tratando de impregnarnos de la emoción que emanaba aquel sitio. Es el sitio de la invitación y fue como si Krishna nos invitase allí. Había en aquel entonces otro grupo de romeros peregrinos – unos cinco o seis personas, a lo mejor eran ocho. Estaban encabezados por una señora que les decía qué era eso o aquello, entretanto se paraban cantando en corro ante algún que otro altar. Han demostrado gran interés y emociones ante el altar del centro en el que había un retrato muy bello de Krishna danzando con las gopis la danza maha-rasa. Terminaron su vuelta repletos de emociones. El más viejo entre ellos se nos acercó diciendo:

“Somos romeros peregrinos del Dios Chaitanya y venimos de tal y cual sitio en Bengal”. Por lo tanto, los demás habían permanecido algo reservados, saludándonos con cierta distancia. ¿Qué podía decir yo? Podía decir sólo una cosa: bhaja gauranga kaha gauranga laha gaurangera nama re – y entonces, ¡se produjo el milagro! Se pusieron a juntarse cantando a nosotros y fue como si se hubiesen derretido los corazones en un solo instante. Después se pusieron a abrazarnos: saltaban, nos abrazaban, lloraban, tocaban nuestros pies untando sus cuerpos con el polvo. Cada uno debía abrazar a otro cada uno, estaban en pleno éxtasis. ¡Fue algo increíble! Algunos de nuestros devotos, muy serios y reservados, se sentían confundidos: “¿Qué pasa?” Después de todo ello los romeros peregrinos se han ido y nosotros nos hemos quedado allí algo perplejos. Después de haber vivido esto en realidad no estábamos en suelo firme. Tratábamos de volver en sí puesto que hemos perdido la capacidad de hablar. Mientras estábamos caminando para volver al templo habíamos recobrado sangre fría. Hemos llegado a la conclusión que por la merced de Mahaprabhu no sólo nos fue dada la posibilidad de echar una mirada, sino que hemos recibido una cordial bienvenida, una verdadera acogida calurosa.

No es necesario imitar el llanto mientras se realice la puja, no es necesario alargar la despedida pero con tal que uno lleve en el corazón y en lo más hondo de la conciencia este ánimo de bienvenida hacia la otra gente, por el hecho de pertenecer a la misma familia del Dios Supremo, es todo lo que uno debe hacer. No importa si se tratase de unión o de despedida, la práctica siempre será la misma, será igual.



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